Agustina se encontró con un uruguayo en un viaje, se enamoraron. Decidieron vivir una temporada en Montevideo muy cerquita de la rambla. Ansiosa con esa nueva vida lejos de su país, Agustina se esforzaba por tener una buena relación con su amor y cocinarle los mejores platos a la hora del almuerzo. Los condimentos, sobre todo la pimienta negra y la paprika, eran su ingrediente predilecto y Enrique no se olvidaba de decirle que cada día la comida estaba más sabrosa. No era para menos, Agustina pasaba horas dedicada a la cocina, combinando ingredientes en intentos por sabores cada vez más particulares, al sonido de los guisos hirvientes.
Agustina, que no tenía a nadie más en la capital del Uruguay sino a Enrique, pasaba la mayoría de los días de verano cocinando, leyendo y lamentándose de no salir a tomar el sol. Decidida a hacer amistades y un poco de ejercicio se inscribió en una “pileta libre”. Diariamente caminaba 12 cuadras por la avenida Bulevar España hasta Canelones y allí encontraba la entrada a la pileta, o “piscina” como decía ella, que se esforzaba por no adoptar por completo el lenguaje rioplatense.
Sumergirse profundo era lo que más disfrutaba, y lo hacía incontables veces sentándose en el piso de la pileta en posición de loto. Repetía el OM en cuanto soltaba el aire de los pulmones y su cuerpo lentamente descendía entre burbujas. Si bien no soportaba mucho tiempo en esa posición, intentaba cambiar a otras que había aprendido en las clases de yoga. Se esforzaba por aguantar lo máximo posible antes de ir por una gran bocanada de aire que le recordara cuan frágil era su vida. Así pasaba horas, nadando en estilo pecho y “crol” y cuando se sentía muy agitada nadaba a la parte profunda a sumergirse una vez tras otra.
Algunas personas le dirigían la palabra, pero Agustina con lo tímida que era apenas contestaba alguna cosa, y no alargaba las conversaciones. De vuelta a casa siempre recordaba los casos en que alguien le había hablado y ella no había aprovechado la oportunidad para hacer por lo menos un amigo. Se arrepentía y prometía a si misma mejorar en la próxima oportunidad.
El verano se fue y con él las largas caminatas por la rambla que Agustina y Enrique daban al atardecer. El viento corría más fuerte y no soportaban el frío. Sin embargo ella no dejó de ir al natatorio. Ese 8 de junio caminó como de costumbre por la Bulevar España hasta llegar a la pileta. En el vestuario pidió una llave para guardar la mochila con su ropa y ponerse la malla (vestido de baño). Justo ese día habían muchas más mujeres que de costumbre y entre ellas estaba una señora muy vieja, de voz ronca, que siempre veía en ese horario; nunca había hablado con ella. Mientras terminaba de vestirse volteó a mirar para ver si reconocía alguna cara, pero se estremeció al ver a la vieja desnuda, cuyos senos le llegaban hasta el ombligo, intentado acertar una pierna dentro de la malla. Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras pensaba lo poco pudorosas que eran las mujeres en ese país, o por lo menos, las que iban a esa pileta. Recordó sus días de infancia en San Andrés de Tuxtla donde los vestuarios tenían cubículos individuales, con más intimidad para cambiarse de ropa y donde vendían “algodón de azúcar” a la salida de la piscina.
Intentando borrar la imagen del vestuario subió las escaleras rápidamente hacia la pileta. Todos los carriles estaban ocupados así que tuvo que escoger en cual iría a nadar más cómoda, donde no estuvieran personas muy lentas, ni atletas en entrenamiento. Entró al agua, se puso las antiparras y con los pies en la pared se impulsó muy fuerte y comenzó nadar por debajo del agua, con la nariz rozando el piso. Después paró para descansar un poco y se percató que la vieja estaba en su mismo carril, a su lado. Continuó nadando, impulsándose fuertemente contra las paredes para nadar profundo y se sumergió un par de veces al fondo de la pileta, pero cuando salía de una larga inmersión se percató de una cara conocida. “Diana” pensó.
Diana era una nadadora experta que conoció en el colegio, ella la introdujo en un equipo de natación y entrenaron juntas por varios años. Lo último que había sabido de Diana era que trabajaba como salva vidas en Miami Beach. A toda velocidad nadó al otro lado de la pileta para verla de cerca. Al llegar advirtió las arrugas tan pronunciadas de sus dedos, ya no sabía cuánto tiempo llevaba en el agua. Vio a diana tal cual la conoció, a sus 13 años, con brackets en los dientes, mejillas muy rosadas con algunas pecas y esos ojos verdes, tan brillantes. Agustina se quedó mirando fijamente a “Diana”, sin embargo ella, sin percatarse se esforzaba por elongar dentro de la pileta.
Agustina se impulsó con fuerza y nadó por debajo del agua hasta la otra orilla de la pileta, se sintió tan cansada después de eso que se quedó varios minutos flotando en el agua y haciendo burbujas con la nariz; mientras pensaba lo confusa que se sentía de haber creído que la niña que nadaba en el carril de al lado era Diana. Agustina se incorporó y puso los pies sobre el piso de la pileta. Susurró:
“A esta altura de la vida, ya ni sé cómo corre el tiempo”
Largó un profundo suspiro.
Miró hacia el reloj dispuesto en la pared y supo que era hora de volver a casa. Salió de la pileta con un gran esfuerzo pues se sentía mucho más cansada que de costumbre, sus extremidades le pesaban y bajó muy lentamente las escaleras hacia el vestuario. Todavía cargaba con ella ese sentimiento confuso y doloroso de la no conciencia del tiempo, y en secreto se lamentaba de su terror a la muerte.
Había un gran bullicio en el vestidor de mujeres esa tarde, Agustina por su parte estaba muy concentrada en sus esfuerzos por vestirse, el cansancio le pesaba hasta en los párpados. Ignoró dos veces una mirada que sentía desde otra la esquina del vestidor, pero la tercera decidió atenderla y con una risa lenta y pesada le insinuó a la joven que la miraba casi con horror, que a su edad lo último que le preocupaba era que sus senos se escurrieran hasta su ombligo y que jovencitas pudorosas vieran desnudo su viejo y arrugado cuerpo.