martes, junio 14, 2011

El Natatorio

Agustina se encontró con un uruguayo en un viaje, se enamoraron. Decidieron vivir una temporada en Montevideo muy cerquita de la rambla. Ansiosa con esa nueva vida lejos de su país, Agustina se esforzaba por tener una buena relación con su amor  y cocinarle los mejores platos a la hora del almuerzo. Los condimentos, sobre todo la pimienta negra y la paprika, eran su ingrediente predilecto y Enrique no se olvidaba de decirle que cada día la comida estaba más sabrosa. No era para menos, Agustina pasaba horas dedicada a la cocina, combinando ingredientes  en intentos por sabores cada vez más particulares, al sonido de los guisos hirvientes. 

Agustina, que no tenía a nadie más en la capital del Uruguay sino a Enrique, pasaba la mayoría de los días de verano cocinando, leyendo y lamentándose de no salir a tomar el sol. Decidida a hacer amistades y un poco de ejercicio se inscribió en una “pileta libre”. Diariamente caminaba 12 cuadras por la avenida Bulevar España hasta Canelones y allí encontraba la entrada a la pileta, o “piscina” como decía ella, que se esforzaba por no adoptar por completo el lenguaje rioplatense.

Sumergirse profundo era lo que más disfrutaba, y lo hacía incontables veces sentándose en el piso de la pileta en posición de loto. Repetía el OM en cuanto soltaba el aire de los pulmones y su cuerpo lentamente descendía entre burbujas. Si bien no soportaba mucho tiempo en esa posición, intentaba cambiar a otras que había aprendido en las clases de yoga. Se esforzaba por aguantar lo máximo posible antes de ir por una gran bocanada de aire que le recordara cuan frágil era su vida. Así pasaba horas, nadando en estilo pecho y “crol” y cuando se sentía muy agitada nadaba a la parte profunda a sumergirse una vez tras otra.

Algunas personas le dirigían la palabra, pero Agustina con lo tímida que era apenas contestaba alguna cosa, y no alargaba las conversaciones. De vuelta a casa siempre recordaba los casos en que alguien le había hablado y ella no había aprovechado la oportunidad para hacer por lo menos un amigo. Se arrepentía y prometía a si misma mejorar en la próxima oportunidad.

El verano se fue y con él las largas caminatas por la rambla que Agustina y Enrique daban al atardecer. El viento corría más fuerte y no soportaban el frío. Sin embargo ella no dejó de ir al natatorio. Ese 8 de junio caminó como de costumbre por la Bulevar España hasta llegar a la pileta. En el vestuario pidió una llave para guardar la mochila con su ropa y ponerse la malla (vestido de baño). Justo ese día habían muchas más mujeres que de costumbre y entre ellas estaba una señora muy vieja, de voz ronca, que siempre veía en ese horario; nunca había hablado con ella. Mientras terminaba de vestirse volteó a mirar para ver si reconocía alguna cara, pero se estremeció al ver a la vieja desnuda, cuyos senos le llegaban hasta el ombligo, intentado acertar una pierna dentro de la malla. Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras pensaba lo poco pudorosas que eran las mujeres en ese país, o por lo menos, las que iban a esa pileta. Recordó sus días de infancia en San Andrés de Tuxtla donde los vestuarios tenían cubículos individuales, con más intimidad para cambiarse de ropa y donde vendían “algodón de azúcar” a la salida de la piscina.

Intentando borrar la imagen del vestuario subió las escaleras rápidamente hacia la pileta. Todos los carriles estaban ocupados así que tuvo que escoger en cual iría a nadar más cómoda, donde no estuvieran personas muy lentas, ni atletas en entrenamiento.  Entró al agua, se puso las antiparras y con los pies en la pared se impulsó muy fuerte y comenzó nadar por debajo del agua, con la nariz rozando el piso. Después paró para descansar un poco y se percató que la vieja estaba en su mismo carril, a su lado. Continuó nadando, impulsándose fuertemente contra las paredes para nadar profundo y se sumergió un par de veces al fondo de la pileta, pero cuando salía de una larga inmersión se percató de una cara conocida.  “Diana” pensó.

Diana era una nadadora experta que conoció en el colegio, ella la introdujo en un equipo de natación y entrenaron juntas por varios años. Lo último que había sabido de Diana era que trabajaba como salva vidas en Miami Beach. A toda velocidad nadó al otro lado de la pileta para verla de cerca. Al llegar advirtió las arrugas tan pronunciadas de sus dedos, ya no sabía cuánto tiempo llevaba en el agua. Vio a diana tal cual la conoció, a sus 13 años, con brackets en los dientes, mejillas muy rosadas con algunas pecas y esos ojos verdes, tan brillantes. Agustina se quedó mirando fijamente a “Diana”, sin embargo ella, sin percatarse se esforzaba por elongar dentro de la pileta.

Agustina se impulsó con fuerza y nadó por debajo del agua hasta la otra orilla de la pileta, se sintió tan cansada después de eso que se quedó varios minutos flotando en el agua y haciendo burbujas con la nariz; mientras pensaba lo confusa que se sentía de haber creído que la niña que nadaba en el carril de al lado era Diana.  Agustina se incorporó y puso los pies sobre el piso de la pileta. Susurró:

“A esta altura de la vida, ya ni sé cómo corre el tiempo”

Largó un profundo suspiro.

Miró hacia el reloj dispuesto en la pared y supo que era hora de volver a casa. Salió de la pileta con un gran esfuerzo pues se sentía mucho más cansada que de costumbre, sus extremidades le pesaban y bajó muy lentamente las escaleras hacia el vestuario. Todavía cargaba con ella ese sentimiento confuso y doloroso de la no conciencia del tiempo, y en secreto se lamentaba de su terror a la muerte.

Había un gran bullicio en el vestidor de mujeres esa tarde, Agustina por su parte estaba muy concentrada en sus esfuerzos por vestirse, el cansancio le pesaba hasta en los párpados. Ignoró dos veces una mirada que sentía desde otra la esquina del vestidor, pero la tercera decidió atenderla y con una risa lenta y pesada le insinuó a la joven que la miraba casi con horror, que a su edad lo último que le preocupaba era que sus senos se escurrieran hasta su ombligo y que jovencitas pudorosas vieran desnudo su viejo y arrugado cuerpo. 

viernes, mayo 20, 2011

Yo no haré parte

Yo no haré parte activa y consciente de la destrucción sistemática de este hermoso planeta. Para ello me propuse cambiar muchas cosas de mi modo y ritmo de vida. No es fácil, cambiar hábitos y costumbres, pero es un ejercicio estupendo (incluso de auto-exploración) plantearse un modo de vida en lo posible sostenible y respetuoso con el medio ambiente y conmigo misma.

Han sido varias las decisiones que he tomado, Reduje el tiempo de mis duchas, abro el grifo del agua cuando es estrictamente necesario y procuro cerrarlo enseguida. Me lavo los dientes con el grifo cerrado, estoy reutilizando mis cuadernos viejos, desconecto los aparatos que no utilizo, apago las luces... y así la lista puede seguir continuando.

Pero hay algo que quiero compartir, porque es un pequeño logro para mi. Con el propósito de ahorrar agua pensé que sería mejor tener un tacho de basura en el baño que arrojar los papeles al inodoro. Pensé en comprarlo, pero después pensé "debo ser capaz de fabricarlo por mi cuenta". Y me propuse hacer el tachito de basura para el baño con materiales reciclables. Es mi primer intento, y lamentablemente no todo fue 100% reciclado, pero vamos por buen camino:)

Utilicé:

1. Tijeras
2. Una garrafa vacía de agua
3. Colbon (cola)
4. Papeles de colores

Les dejo algunas fotos para mostrarles mi logro y compartir estos pasos autorreflexivos de fabricación del tacho de basura.






Y como quedó tan bonito, decidimos dejarlo para el dormitorio y para el baño hacer otro :)

lunes, mayo 02, 2011

Augusto y la Lluvia

Este es un cuento que escribí hace unos años. Me gusta mucho, en ese momento me inspiré en unos conceptos de Deleuze y Guattari, que en todo caso no sé si logré hacer algo con ellos. Ahora, vuelvo a editar y publicar este cuanto acompañado de unas fotos que le tomé a Luis Daniel, un amigo.

Que disfruten

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AUGUSTO Y LA LLUVIA



Una gota de sangre le resbalo por la ojera.

Lo despertó la segunda espesa gota que le cayó en el párpado que cubría su ojo izquierdo.

En eso, con los ojos hinchados decidió mirar de donde caían las pesadas gotas.

No le costó mucho trabajo, pues apenas abrió los ojos, miro justo hacia el techo, en donde distinguió una mancha roja, que botaba gotas a intervalos de tiempo dilatados. Era el principio de una filtración de un piso más arriba.


Después de ver el origen de las gotas, lo invadió el miedo en forma de frío al no reconocer el espacio en donde estaba de cuclillas. No pudo ver bien en donde se encontraba pues todo estaba ensombrecido por una luz cobre. No distinguió sombras de nada, no habían muebles, ventanas o personas. Ante él se extendía un camino largo que tenia fin en unas escaleras en forma de espiral que se alargaban más allá de lo que pudo ver. Sus ojos oscuros, sus labios morados del frío, sus manos entrelazadas encima de sus piernas juntas, todo encogido de frío y miedo se mantuvo largo rato. Las gotas de sangre seguían cayendo, ya no en su cara si no en su cabeza. Sintió sus pies húmedos, bajó la mirada... más sangre. Siguió con los ojos el piso, todo sangre, vio pequeños arroyos formarse en varias direcciones, empezó a distinguir sombras rectangulares en las paredes.


Decidió pararse. Se mantuvo otro largo rato mirando salir los arroyos por debajo de las puertas que antes eran sombras. Dio un paso hacia delante. Se agarró inseguro de la pared para seguir caminando, hasta que sus manos llegaron a un desnivel: una puerta. La abrió. Un destello de murmullos le chocó en la cara casi tumbándolo, logró mantenerse en píe. Pisaba un riachuelo, trató de ubicar la fuente de emanación.. no logró ver nada. Le parecía que las paredes adentro sudaban sangre, tenían grietas y parecían móviles. No entró, cerró la puerta. Se dio vuelta y miró con terror el resto de puertas casi interminables que se extendían por el pasillo una después de otra. Siguió caminando, mientras dejaba huellas en el charco espeso.


No tenía miedo de la sangre, que era para él un flujo familiar, casi cotidiano en su cotidianidad, en su actualidad. Aunque no dejaba de sorprenderle el volumen del líquido; a través de él veía reflejos de grandes y complejas estructuras un poco difusas; no tuvo cómo explicarse la procedencia de tales efímeros reflejos. Tenía miedo de la angustia, de no saber lo que veía, de no saber en donde estaba.


Siguió adelante en su exploración del sitio. Abrió otra puerta. Se encontró con unas paredes móviles, se quedó atónito mirando y contó las veces en que se juntaban las paredes para destrozar lo que había entre ellas. un sonido cadencioso salía cada vez, además de gigantescos arroyos de sangre que le hacían perder el equilibrio. Sin embargo no logró ver lo que se transformaba en cada impacto de las paredes. Desconcertado, cerró la puerta. Y siguió con ese procedimiento, abriendo y cerrando puertas sin atreverse a cruzar ninguna. Mientras caminaba, murmullos se aglutinaban en el espacio cerrado, murmullos que escuchaba salir y entrar de las puertas, dando portazos o dejándolas abiertas. Llegó al fin del pasillo: la escalera en espiral, que llevaba en el centro y atravesándola toda, un tubo grueso sudado de sangre negra y espesa como la roja, que giraba incansablemente y hacia temblar la estructura.


En un costado: personas. Sorprendido y esperanzado quiso hablarles, pero advirtió que sería inútil cuando las detalló. Reunidas todas mirando hacia una esquina, tenían jeringas, pipas, pastillas, y una variedad de frascos y sustancias que a pesar de que los mantenían con los ojos abiertos, los tenían pequeños y rojos como las paredes, el piso, como las puertas y la escalera. No se determinaban uno al otro, estaban petrificados, absortos, congestionados, sobrecargados de haber visto lo que vieron. ¿Que vieron?, que más sino el lugar que Augusto ahora, buscaba asimilar.


Se hizo un poco más claro, y empezó a escuchar llover. En un intento de hallar el principio y el fin de la escalera, no pudo hallar ninguno, pero si una ventana circular lejana, mostrándole un cielo nublado y anaranjado. Tomó la escalera hacia arriba. Divisó decenas de pasillos homólogos al que acababa de dejar, repartidos en todas direcciones. Personas pálidas con los ojos cerrados moviéndose por todo el laberinto. Miró más arriba: más personas pálidas y con los ojos cerrados agarradas del tubo que atravesaba la escalera, lo movían, lo lamían, se restregaban en el, se masturbaban, y se peliaban con otras por esos lugares junto al tubo. Sin poder entender las escenas Augusto bajaba cada escalón deteniéndose a mirar cuidadosamente la situación.

Desesperado ya por la carga en su espalda que se acumulaba al ver más y más de esa estructura aparentemente amorfa y gelatinosa que contenía dentro de si grietas sangrientas intentadas tapar con cabellos y uñas, huesos y pieles, y que además albergaba las puertas, la escalera, los pasillos, los arroyos de sangre, el tubo y demás cosas que pasaron frente a sus ojos, decidió ir tras la ventana que había divisado tiempo atrás. Se dio en la tarea de intentar alcanzarla.


No supo cuanto tiempo pasó subiendo la escalera hasta que se encontró lo suficientemente cerca para dar un salto hacia la luz naranjada del cielo. Cuando estuvo listo, no le quedaban ya ganas, sus pies se habían acostumbrado a la tibieza de los arroyos, y sus piernas las sentía más débiles y cansadas que hace tiempo, cuando había despertado. Augusto se había hecho viejo.


 Sin embargo, se lanzo. Prefirió la incertidumbre del afuera que el caos de adentro.



Muchas gotas livianas caían sobre sus ojos. No sabían a sangre.

Abrió los ojos y vio la minúscula ventana de donde había saltado desmoronarse ante él al contacto con la lluvia. Se levantó. Miró a su alrededor: decenas de replicas de la estructura de la que había huido se diluían como cerros de azúcar expuestos al agua. No fue tan táctil, tan sensitivo cómo creyó vivirlo. Augusto débil se tumbó en el fango.

jueves, abril 21, 2011

Encuentro

Maura ingresó al hospital rápidamente, no podía respirar y se estaba ahogando.
Después de que le colocaran un aparato para ayudarla a respirar (a vivir), le sacaron sangre, y le inyectaron medicamentos por las venas. Minutos después llegó un señor para llevarla (en silla de ruedas) hacia los rayos X, una radiografía de tórax ayudaría a diagnosticar su angustiante episodio.

El camillero paseó a Maura por pasillos y ascensores, hasta llegar a la sala de rayos X donde fue atendida rápidamente. Pocos minutos después, estaba esperando en el pasillo a que la llevaran de nuevo a su habitación, la radiografía ya estaba en sus manos.

Muchas personas entraban y salían de los rayos X, aunque parecía no ser un día muy agitado en el hospital.  El pasillo tenia sillas de espera, que fueron ocupadas mayoritariamente por madres con sus pequeños hijos, heridos en alguna extremidad. Pero en el pasillo también había una esquina para los enfermos. Separados por una delgada tela de color blanco estaban dos cubículos, cada uno con un anciano en una camilla. Delante de ellos, a muy pocos pasos, Maura esperaba en silla de ruedas.

Cinco, diez, doce, quince minutos y nadie aparecía para llevarla. Entre las conversaciones que habían en el pasillo se empezó a escuchar uno de los ancianos de atrás quejarse. ¿de qué se quejaría? Sólo el sabía, sólo a él parecía importarle. Algunos que llegaban a escucharlo se incomodaban por los gemidos de angustia que el anciano soltaba, como si fueran gritos que les recordaran que algún día ellos serían él.

Mientras tanto, Maura pálida, congelada, tiesa, escuchaba con atención cada quejido del anciano, no había nadie más próximo a él que ella en ese pasillo. Parece que tampoco había nadie más próximo a su experiencia.

Maura no podía ni siquiera imaginar que pasaría en el cuerpo de este anciano, pero imaginó una y mil cosas que pasarían por la mente de este. Angustia? Miedo? Dolor? Arrepentimiento?

Maura recordó lo frágil que es, lo poco que representa su vida en esta tierra, y más, en este universo. Un corrientazo continuo la atravesaba y le reiteraba que así como no pasaba nada antes de que naciera, tampoco pasaría cuando muriera.

Fría y atenta al anciano, decidió cerrar los ojos, desafiarse a respirar profundo (lo cual era un gran esfuerzo en medio de su bronco espasmo) y controlando su respiración, imaginó que mandaba de su energía al anciano, ayudaba a tranquilizarlo un poco y sobre todo, le hacía compañía en ese duro momento.

Maura, se consolaba a sí misma por no ser nada, pensando que hacia parte de el universo infinito, de él venía,  aquí estaba y a él volvería. Al final lo que lo la vida nos deja, pensaba Maura, es un breve soplo de conciencia.

sábado, abril 16, 2011

Terquedad

Lorenzo sólo entendió el fuego
cuando se quemó los bigotes.

Sólo se sintió en casa,
cuando derramó la leche
y se lamió las patitas.

Sólo entendió la vida
cuando una de las 9
le falló.

Infinito

Dos amigos miran en una pantalla blanca titilar un millón de palabras al mismo tiempo.

Jô: tengo una pregunta: Tenían ombligo Adán y Eva?
Cê: La pregunta debería ser: ¿Tenía ombligo dios? creó al hombre y la mujer a su imagen y semejanza.

Una ráfaga de viento sacude los árboles, revolotea algunas hojas en el aire, y da aliento a Jô

- La respuesta a esa pregunta es indefectiblemente bizarra.

- Entonces, dios era humano!

- Adán y Eva tenían progenitores.

- Dios tiene progenitores.

- Los chimpancés tienen ombligo?

- Nietzsche dijo que dios ha muerto.

viernes, abril 15, 2011

Desperdicio

Tantos papeles lanzados al viento,
Tantos árboles soplados...
Poquísimos rectángulos blancos,
Se quedan conmigo. 

sábado, enero 23, 2010

Primeiras Memorias

12 Agosto de 2009.
São Leopoldo. Rs. Brasil.

3:28pm
El tren pasa.
Parece que con su estruendo
manda una ola de vientos
que hacen hablar a los árboles.

Las valdosas rojas, antiguas,
reflejan una opacada versión
del golpe del sol que calienta el piso.
Las sombras en el suelo
dejan de ser camisetas, pantalones y ropa interior
colgadas con ganchos a las cuerdas.

En los árboles, algunas telarañas brillan
mientras que los pájaros, escondidos,
murmuran canciones.

Estos días he vivido como si el sol que me alumbra ahora
fuera el de la mañana,
y no el de la tarde que se lleva el día.

Se repite el estruendo del tren y el golpe de aire fresco,
que junto con el olor de la yerba
parecen ser la canción de São Leopoldo.

.................. .......... o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o

4:19pm
Dos o más pájaros ya dejaron las actividades de la hora
para dedicarse a regalar canciones.

Aquí, en este sur, las telarañas,
como las horas,
vuelan por el cielo.